– Mierda, mañana acabaré una hora antes.- Le dije a M. sin levantar la vista del Punt Diari

-¿Y eso?

– Ha muerto el paciente que tendría a las 18h

Recuerdo como si fuera ayer ese momento. Recuerdo que quedé en estado de ‘shock’ y que al llegar a casa empecé a llorar y no podía parar. Había muerto un paciente, mi paciente. Una persona que veía unas tres veces por semana para realizarle rehabilitación. Yo tenía 22 años y aquella persona fue el primer de los pacientes que perdí.

Aquello supuso un antes y un después. Creo que anteriormente vivía en mi burbuja, una magnífica burbuja donde la muerte solo era aquello que les pasaba de cerca a los demás, a mi no.

Tuve la mala suerte que durante los meses siguientes perdí a dos pacientes más (teniendo a estos en activo en la agenda).

Mi estado de ‘shock’ no desaparecía. Temía el momento de: – Irene, el paciente X ha sido ingresado, te informaremos cuando tengas que volver a realizar tratamiento.

Y días más tarde:- Irene, el paciente X es alta por exitus. Siempre me suena tan frío.

Me hicieron falta unos meses, muchas pesadillas y conversaciones con A sobre la existencia, en salir de ese estado de luto.

Comprendí lo que todos cuentan, que la muerte es tan natural como la vida.

Y cuando creí que lo tenía dominado, empezaron a llegarme pacientes con diagnósticos de nombres impronunciables e inrecordables que pacedían pocas personas cada 100.000hab.

Tengo grabado a fuego en la mente el día que un paciente de la edad de unos 45 años me trajo un informe del médico donde estaba escrito que querían hacerle pruebas para descartar que fuera esclerosis múltiple. El médico no le había contado que era la EM y me lo preguntó a mi. Me rompí por dentro y mantuve como pude la compostura por fuera. Le recomendé que se lo preguntara a ese médico mejor. Ese mismo paciente fue diagnosticado de ELA poco después. En ese momento yo tenía 23 años y estaba trabajando en un centro de trauma por la tarde y realizaba domicilios por la mañana. Aquel paciente era paciente de trauma y a mi no me cabía en la cabeza como alguien que habían derivado a trauma se convirtiera en tema de neuro de la noche de la mañana.

Aprender a base de ostias, como dice mi padre. Que cierto es.

Hubo un momento en que decidí parar y plantearmelo todo de nuevo: si sigo por este camino seguiré encontrándome en situaciones de enfermedades graves y exitus. Si me hundo cada vez me ahogaré en mi misma, por contrario si lo dejo y voy por otro camino dejaré de hacer lo que me gusta.

Y decidí continuar.

Desde entonces no son pocos los exitus de pacientes que he leído en el periódico o he recibido por teléfono. Tampoco son pocos los diagnósticos de patologías degenerativas que me han llegado.

Descubrí que si intentaba curar lo incurable me frustraría de por vida así que decidí que cuando tuviese pacientes de pronóstico muy grave haría todo lo que pudiese para mejorar su calidad de vida ese último tramo.

 
Cada vez que se apaga un paciente paso un momento de luto, pero ya no son unos meses y eso me ayuda a continuar.

Hacía mucho que les debía esta entrada a los pacientes que tuve y ya no están y a sus familias.

Ellos me hicieron crecer y perder el miedo a algo que había negado toda la vida. Parecerá mentira pero recuerdo el nombre de todos.

Todos ellos me han hecho mejor persona y mejor profesional. Me han hecho crecer.

Perdonarme por esta entrada algo triste y dura. Pero, para mí, era necesaria

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