Esta entrada esta motivada no es más que la transcripción prácticamente literal de un comentario que hice en respuesta a la entrada “Balada triste de fisioterapeuta” publicada en este mismo blog.

A raíz de una conversación de Twitter motivada por un comentario de @judithfisio releí la entrada y los comentarios. Leí uno de Irene en el que sugería que le habría gustado que éste fuera una entrada y eso me motivo a proponerle convertirlo en eso.

Agradezco mucho a Irene la cesión de este espacio para publicar por primera vez una entrada en un blog. Debe ser que me acerco un poco más a ser 2.0.

Ahí va, sed comprensivos con el novato:

 

Tu historia me ha recordado mi propia experiencia.
Yo también tuve ese momento de miedo a mi reacción ante la muerte ajena, ante la muerte de los pacientes a los que había tratado.
Por esa razón decidí que mis primeras prácticas fueran en un sociosanitario. Mi pretensión era clara. Debía afrontar esa situación lo antes posible por si sería una limitación para mi actividad profesional. El segundo día tuvimos que atender una insuficiencia respiratoria aguda en rehabilitación. Superé la situación sin problemas (pude prestar mi ayuda a la fisioterapeuta que tutorizaba mis prácticas). Antes de acabar las prácticas el paciente murió. Llegó el temido y frío momento que tú comentas, el “es alta por exitus”. No me afectó más de lo debido, me sentí preparado para ese tipo de circunstancias.
Una vez diplomado pude trabajar en ese mismo sociosanitario durante varios años.
Al año, aproximadamente, me llamó la doctora de la planta de paliativos. Yo me encargaba de hacer los tratamientos de encamados. Me planteó la posibilidad de atender a un paciente con un tumor abdominal que provocaba una oclusión importante del sistema venoso a nivel abdominal, lo que provocaba edemas importantes en ambas EEII y encamamiento. El paciente no aceptaba su situación y pedía tratamiento de fisioterapia. La Dra. proponía realizar un tratamiento cuyo único objetivo era paliativo.
La situación familiar del paciente 2 hijos (la mayor de mi edad) y su edad (exactamente la de mi padre) lo convertían en un peligro para mi. El miedo a mi propia reacción volvía a aparecer cuando ya no lo esperaba.
Después de valorarlo decidí realizar un tratamiento de movilizaciones activo-asistidas y masaje de derivación circulatoria 3 veces/semana.
En las reuniones multidisciplinares siguientes, me informaron de que, los días en que realizábamos sesión de tratamiento, el paciente no precisaba los rescates de mórfico que sí pedía el resto de días. Tanto el paciente como su familia valoraban muy satisfactoriamente el tratamiento.
Un día al llegar a la planta me esperaba la Dra. para decirme que el paciente estaba en situación de últimas horas, ofreciéndome no realizar la sesión. Le dije que no y entré en la habitación. La familia estaba allí, me impresionó ver sus lágrimas cuando el paciente me decía lo bien que se sentía cuando yo me marchaba y lo mucho que confiaba en el tratamiento.
El paciente murió 2h después y la familia bajó a decírmelo y a agradecerme todo lo que había hecho por él y por ellos. Me agradecían no solo el tratamiento, sino, y sobretodo, el haberles dejado compartir esos momentos.
Este ha sido uno de los casos de los que me siento más orgulloso de mi actuación. Saber que tanto el paciente como su familia vivieron mejor el proceso de su muerte y que, junto al resto del equipo, ayudé que esta fuera más digna me llenó profesional y personalmente. Los objetivos de mi tratamiento se habían cumplido con creces.
Desde entonces he podido acompañar a otros pacientes, y a sus familias, en el ultimo tramo de su vida (muchas veces pacientes que conocía desde hacía años en la actividad privada) y siempre he tenido esa misma sensación.
Es cierto, es una balada triste, pero a veces, las mejores canciones lo són, incluso pueden ser nuestra canción.

@JoaquinHernndez

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