Para saciar las ganas de escribir más allá de la realidad, decidí apuntarme a unas clases de relato breve que se realizan en el pueblo donde vivo (Caldes de Malavella) este mes de julio.

Y de este sembrar, parí el siguiente texto que he traducido del original (de cosecha propia pero escrito en catalán).

Como siempre, gracias por leerme.

 

Texto original, publicado en el Diari Maresme: http://diarimaresme.com/2016/esbos-dakiyama/

Y ahí estaba yo. Mirando la pizarra sin mirarla. Sintiendo la lección de la profesora Sánchez sin escucharla y con aquel compañero de pupitre tan peculiar e incómodo.
Cambiar de escuela fue cosa de mi madre. Todo para aparentar. Estaba de moda entre la gente cool de la ciudad llevar el hijo a una escuela donde se compartía clase con viejos que vivían en el geriátrico que había en el mismo recinto. Como decía, fachada. ¿Hacía años que no veía el único abuelo que me quedaba vivo y de repente querían que compartiera clase con un montón de viejos? Fachada.

Los días pasaban, sexto curso era aburrido sin mis antiguos amigos. Al llegar a clase, el señor Alfred me sonreía, decía “Buenos días” y volvía a sus apuntes. Yo hacía un gesto con la cabeza y volvía a sentarse. En ningún momento intentó comenzar una conversación conmigo, y eso me aliviaba. Es verdad que no olía, como había oído decir de los viejos en casa, ni le caía la dentadura sobre el pupitre como había imaginado. El señor Alfred tomaba apuntes y escuchaba atento la clase, tan sólo eso.
Hasta haber terminado el primer trimestre, suplicaba a los padres volver a la antigua escuela. Mis amigos me escribían mensajes. Me decían que no entendían qué hacía en una escuela como aquella. Y yo tampoco lo sabía. Todo cambió volviendo de las vacaciones de Navidad. Buenos días, sonrisa, gesto con la cabeza y a sentarse en la silla. Y de repente, apareció ella. La niña más bonita que había visto nunca. Pelo liso y negros, y una sonrisa de oreja a oreja. La hicieron sentar con la Sra. Marissa, que hasta entonces se sentaba sola.

Quizás el tiempo se había detenido y yo había quedado con una cara de pasmarote perpetua que se rompió al ver que había un papel encima mi libreta. “Escribe una nota diciéndole: Princesa Leia, por ti me pasaría al Lado Oscuro. Y deja de hacer esa cara de abejorro, que se te verá el plumero! “. No pude evitar reír en voz alta. Tuve que pedir perdón a la profesora. Me miré a Alfred. Él seguía tomando apuntes y escuchando a la maestra. En ese momento pensé que cómo era posible que aquel hombre de más de ochenta años  conociera Star Wars: yo era muy fan de la saga.
A la hora del patio fui a ver qué hacía el señor Alfred. Lo encontré en la cafetería de la escuela rodeado de otros señores y señoras mayores que jugaban a cartas mientras él tenía un cuaderno grande y un lápiz. Me acerqué, quizás demasiado porque sin levantar la cabeza me preguntó:
– ¿Te gusta?

¿Si me gustaba? ¡Había dibujado un Darth Vader impresionante! Lo firmó y me lo regaló. Ese día Alfred y yo nos hicimos amigos. Pasábamos tiempo juntos, no sólo en la escuela sino también cuando acabábamos las clases. ¡Fue el mejor profesor de dibujo que podía tener! Y yo le enseñé a jugar a juegos de mesa muy diferentes de los que él conocía.
Me contó que de joven era un banquero que ganaba mucho dinero, que su padre había sido banquero y su abuelo también, pero que lo que a él le gustaba era dibujar y contar historias. Cuando su padre murió, él y su esposa se fueron a Japón y allí con el seudónimo Akihiro Akiyama escribió un montón de cómics que se hicieron muy famosos en ese país. Cuando su mujer murió, volvió a su ciudad y vivió solo hasta que se enteró que había una escuela residencia geriátrica donde compartiría clase con niños y preadolescentes, de los que decía que siempre se aprenden cosas.

Alfred era la persona más interesante que había conocido nunca. Me explicó que la vida de cada persona era una historia. Y que podía ser aburrida, divertida, de aventuras, triste, de miedo … que dependía de cada uno.
Ya estaba en el instituto cuando Alfred murió. Me puse muy triste, mucho. Lloré muchísimo. Alfred era mi nuevo mejor amigo y esa noche no pude dormir. Miraba el techo y pensaba en lo que había aprendido de Alfred y lo vi todo más claro. A medianoche me levanté, fui a buscar por todas las hojas de la agenda de mi madre hasta que encontré el nombre del abuelo, la madre no lo tenía anotado como papa ni nada similar.
Al día siguiente lo llamé:
– Hola, abuelo. Soy Lucas, tu nieto. ¿Me podrías contar tu historia?

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